Cambiar la piedra por la tiza

¿qué pasa en Carmelo? se pregunta el lector José Charreau.

 

por Carlos Fariello / (*)

carlosfariello

 

Vivimos un tiempo de exaltaciones que tienen componentes emotivos muy importantes.

Por ejemplo, toda esta movilización en el terreno de las demandas sindicales ha dado lugar a que empecemos a mirar los comportamientos humanos como lo que son.

Hay razones valederas, por supuesto, pero muchas veces se las quiere mostrar justo donde no corresponde colocarlas, ya sea por estrategia o por ética.

El derecho a reclamar lo que corresponde es tan válido en el campito cuando se juega un picado como en la tribuna desde la cual se quiera convencer sobre las necesidades perentorias de cualquier sector de la sociedad.

Pero, creemos que se yerra y feo cuando, sobre todo en los últimos días, se quiere embarrar un conflicto, que en su génesis, no podemos negar que es legítimo, con algunos actores de perfil tenebroso, organizaciones sociales de rancia conducta revoltosa, y gremios que nada tienen que ver con el asunto.

Es cuando aparecen algunos laderos del desorden y del desconcierto con la bandera de la solidaridad sindical arguyendo que se hace honor a una tradición de las movilizaciones populares y otros etcéteras blá- bláblá.

¿Saben las generaciones nuevas sobre esa otra historia que tuvo que ver con un proceso de degradación de valores sociales que marcaron a toda una época? Proceso que no puede reeditarse por esa imperiosa necesidad que tenemos de evolucionar y de transformarnos en una sociedad moderna.

Poco parece entenderse a nivel de la dirigencia política del valor de la educación como herramienta de cambio. Educar es en sí mismo cambiar, generar la disposición en el individuo para dar el salto que le permita ser y trascender, en suma que le permita ser crítico, y liberarse.

Las consideraciones sobre el estado de cosas que nos involucran pasan por cambiar la mentalidad de la sociedad, en especial de los actores participantes en la comunidad educativa nacional, incluyendo a los padres.

La piedra representa lo bruto, lo no cambiado, lo que se mantiene como absoluto, lo que en definitiva, y equivocadamente, termina siendo arrojado sobre las esperanzas que intentan converger en el futuro.

Restablecer el funcionamiento normal de las aulas necesitará de la creatividad necesaria a aportar, por todos los involucrados, para volver en pensar la educación como lo que es.

La tiza representa el útil con el que se volverá a emprender esta necesaria restauración. La tiza es un eufemismo en tiempos de tecnologías digitales al uso en la enseñanza, se opone a la brutalidad pedregosa de una  anquilosada y extendida manera de pensar.

Cambiar la piedra por la tiza supone volver a creer en los sucesos de la evolución misma como oportunidad donde atisbar la ocurrencia de los cambios.

Volver a considerar el aula como un espacio de compromiso y recuperar la sustancia de la educación se torna en un desafío cotidiano e irrenunciable para los docentes y para los estudiantes, pero para ello deben estar siempre abiertas, disponibles.

Los presupuestos, incluidos los que se convierten a dólares, no pueden más que inspirarnos a repensar los cambios pero sabiendo que nada es instantáneo ni surge espontáneamente, que la lucha tiene muchas variantes, y que los medios nunca del todo terminan justificando  los fines. Fines que siempre democráticamente debemos perseguir.

(*) Carlos Fariello es profesor y escritor. Estudió Tecnología Educativa en IPA, CLAEH y USAL. Es responsable del Observatorio Astronómico de Durazno, que funciona en el Instituto Dr. Miguel C. Rubino.

 

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