La privación de libertad es una piedra en el zapato de la gestión de la seguridad en el Uruguay desde hace décadas. Tras la creación del INR y el pasaje de todas las unidades desde la Policía a ese organismo, la gestión se quedó a medio camino de su original intención de salirse de la órbita del Ministerio del Interior. Los niveles de reincidencia disparados dan la pauta del fracaso de la rehabilitación en los centros de privación de libertad, salvo contadas excepciones. El tratamiento a las familias de los internos, las condiciones laborales de los operadores y policías que cumplen funciones en los establecimientos, y el nivel de hacinamiento actual hacen parte de un caldo de cultivo en el que lejos de contribuir a mejorar los procesos los problematizan mucho más. De eso quiero hablarles en esta nueva entrega de “La otra mejilla”…
Desde el año 2012 concurro a los establecimientos de privación de libertad, primero como integrante del entonces Patronato Nacional de Encarcelados y Liberados, cuya comisión honoraria integré a iniciativa del fallecido Eduardo Bonomi; luego con actividades en la Unidad N.º 6 de Punta de Rieles, donde realicé charlas a los privados de libertad, y posteriormente como integrante de la Comisión de Seguimiento Carcelario, en mi rol de legisladora.
Mi participación al frente de la Asociación de Familiares y Víctimas de la Delincuencia – ASFAVIDE, fue suficiente para ser considerada por el entonces ministro Bonomi para sumarme a trabajar por la rehabilitación de los internos y procurar romper los muros que separan a víctimas de victimarios. Luego tuve el alto honor de ser parte de una bancada de senadores por mi organización política (MPP – Frente Amplio). Siempre pensando en las víctimas, en todas las víctimas.
Porque en realidad yo entiendo que todos somos víctimas de algún modo; tanto quienes sufrimos las consecuencias del daño ocasionado a partir del hecho criminal, como quienes también sufren las consecuencias como familiares del autor ocasional del acto; y hasta el propio actor principal, que muchas veces se enfrenta a un escenario que no supo evitar o al que estuvo condicionado por el contexto en que se crió, etc. Cualquiera sea la razón, hay una circunstancia o hecho que nos conecta de la peor manera, pero que nos condiciona -inevitablemente- para siempre.
Fiel a mi convicción de reparar esos lazos que se rompen por una acción violenta, creo en la reconciliación y, fundamentalmente, en el perdón. Esa acción humana que nos alivia el dolor y allana los caminos para el arrepentimiento y la verdadera sanación de todos los afectados.
En este sentido, y con los niveles de hacinamiento que tienen las cárceles uruguayas en la actualidad, es casi que imposible entender que hayan procesos de verdadera y genuina rehabilitación fundados en esos principios en los que creo. No lo permiten las propias circunstancias de ese incremento exponencial de la población carcelaria, con todos los inconvenientes que la misma implica.
Al aumentar de esa manera la población penitenciaria, se incrementa el número de familiares de los internos que acuden a las visitas generando mayores complejidades para el funcionamiento de los establecimientos. Ese caudal de personas esperando durante horas para poder acceder a ver a sus familiares presos, (muchos de esos núcleos con niños también esperando), no solo sufren por la espera sino, también, por la invasión a su intimidad con procesos de revisorías muchas veces realizados de forma violenta y sin la supervisión adecuada, cometiéndose excesos que debieran evitarse. Ya eso solo implica un elemento negativo que genera un clima adverso que tendrá sus lógicas consecuencias puertas adentro de la cárcel.
Asimismo, la violencia que sufre el personal policial y los operadores penitenciarios que padecen las mismas carencias -muchas veces- que los internos, con condiciones inadecuadas de sus lugares de trabajo y con el estrés que genera la dinámica de la gestión de la privación de libertad con los inconvenientes reseñados, para nada contribuyen al mejor clima.
En suma, debemos aceptar que todas las partes son víctimas de un sistema perverso que no logra bajar sus niveles de violencia y -paradojalmente- recurre a respuestas también violentas como recurso, haciendo que esta aumente en lugar de decrecer.
Es hora de ensayar otros métodos, buscar alternativas y empatizar con todos los protagonistas entendiendo que TODOS son víctimas y merecen atención.
Apelo a que se entienda que el camino no es la violencia sino el diálogo, y -por sobre todo- tratar de ponernos en el lugar del otro, sea un privado de libertad, un operador penitenciario, un familiar de un preso o un policía. Si todos entendemos que formamos parte de un colectivo que tiene por objetivo restañar heridas, podremos avanzar hacia un punto común que nos permita entender a la privación de la libertad como un proceso virtuoso y no como un mero castigo.
Abrigo la esperanza de empezar a transitar ese camino…
Graciela Barrera
27 de febrero de 2025
MPP – Espacio 609 – Frente Amplio