Por alguna razón que ni la madrugada ni la lógica pudieron explicar del todo, alguien creyó posible robar una moto estacionada en el corazón mismo de la ley. No frente a la seccional. No a unas cuadras. No en la sombra indulgente de un callejón sin cámaras. No: dentro.
A las 2:47 de la mañana del sábado 30 de marzo, un hombre joven —veintitrés años, delgado, sin prisa— cruzó el umbral de la comisaría de Colonia Valdense y comenzó a arrastrar una motocicleta hacia la vereda. La escena fue tan improbable que por un segundo los policías de guardia no reaccionaron. Como si la realidad hubiera tropezado con una broma.
Pero la moto se movía. El hombre también. Alguien preguntó “¿ese no es…?” y la quietud se rompió. Lo siguieron. El ladrón dobló una esquina, cruzó una calle desierta, trepó la vereda de una casa y abandonó el vehículo. Sabía que venían detrás. Corrió.
A unos metros, una mujer lo esperaba. Veintidós años. Se miraron. No dijeron nada. Tal vez sabían que no iban a llegar lejos. Tal vez ya se habían rendido antes de empezar.
Ambos fueron detenidos.
La Justicia los formalizó por dos delitos de hurto especialmente agravado en grado de tentativa, en régimen de reiteración real. La jerga legal rara vez deja espacio para la poesía, pero en este caso ni la retórica ni el absurdo lograban ocultarse: un intento de robo a la propia policía.
Durante los próximos 150 días, L.Q.C. y M.R.P. deberán cumplir una rutina impuesta: fijar domicilio controlado, presentarse cada semana en la comisaría más cercana y no salir de casa entre las 21:00 y las 07:00. Las noches vuelven a ser del Estado.
Nadie supo qué los llevó hasta ahí. No había droga, ni venganza, ni hambre visible. Solo una moto, una puerta abierta y dos personas creyendo que el sistema, por una vez, estaría distraído.
No lo estuvo.
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